En estos días se celebran las fiestas de San Buenaventura, patrón de la Villa de Moraleja, contrariamente a lo que algunos piensen , la historia real de Coria y Moraleja estuvieron muy unidas.
A mis amigos de Moraleja Orgullosos de ser y para que conozcan algo de su historia con todo mi respeto.
De La Villa de Moraleja del Peral
Hemos entrado en el recinto de la Villa, que al ser reconquistada por Alfonso IX, fue dotada de una fuerte muralla que formaba un trapecio, jalonada de revellinas , baluartes , casamatas y muros ataluzados en las zonas próximas a la rivera de Gata, por la puerta de Cilleros, la caravana formada por los carros y las mulas , han levantado la expectación de los moradores, acostumbrados a que salvo las rafias y los ataques de los portugueses, no pasara, nada.
Esta fortaleza había sustituido a la de “La Milana” que tantos desperfectos había sufrido, y una vez que la Orden de Alcántara, construyo su casa de encomienda, dentro de la fortificación y rematada por dos esplendidas torres, desde los días despejados se veían al sur los montoncitos de trigo, al norte la sierra de la estrella portuguesa y la de gata española. Al este el destino de la familia de Bartolomé, la Ciudad de Coria de la que apenas distaba dos leguas.
Se había dispuesto la caravana, cerca de la entrada del puente, en el interior del recinto, para evitar que algún malnacido aprovechando las negruras de la noche, intentara robar las mercancías y “acachinar”, algún miembro del cortejo.
La “lacha” adquirida con los años, y los caminos recorridos me habían enseñado, que el mejor sitio para descansar tranquilo, era junto a la casa del amo. Esa casa en la villa era la de la Encomienda de Alcántara, además estaba justo al lado de la ermita de “Nuestra Señora de la Viñas” donde oiríamos la misa, con las primeras luces del sol y despertado por los gallos azules, que como las gallinas ponedoras jaspeadas eran junto con los marranos sustento de los habitantes y botín de los “rafieros”. Hemos asistido a la misa, la guardia que vigila la puerta de Coria que da al este, nos han pedido los salvoconductos, se los hemos mostrado al que parecía jefe de aquellos militares, y nos ha mirado con cierto desdén, al ver que llevaban el Sello de los Reyes y la firma del Obispo Ximenez de Prexamo. Hemos deducido que ya entonces las relaciones entre los duques de Alba, que habían comprado la Plaza a los Solís, y la orden alcantarina, no eran de lo más cordial.
Hemos aprovechado para iniciar el camino antes de que se levantara la niebla desde la Rivera, que poco a poco lo iría inundando todo hasta ocultar la villa a los ojos, hasta que llegara las horas del mediodía.
Y esas horas serían , porque hemos escuchado como las campanas de la catedral nos llamaban al rezo del Ángelus, cuando nos hemos parado en un ejido, junto a la ermita de los mártires, donde se veían los restos del acueducto que durante tantos siglos había traído el agua hasta allí desde los pozos de las profundidades, de la madre del agua, o las madres del agua , ya que eran varios los pozos que los romanos escavaron , junto a los pozos artesanos que manaban a flor de tierra. Y que conducían por túneles subterráneos, por los que con facilidad se podía andar de pie.
Frente a esa ermita, un enorme estanque, donde se acumulaba el agua, y donde se veían mujeres en pilas que se unían por el lado derecho, maltratar las ropas de los señores y señoras principales, los días que no bajaban al río, por el izquierda unos pilones hechos en cantería y pegados con plomo derretido y hormigón romano, servían de abrevadero a los animales.
En frente, nos llamó la atención observar una especie de ruinas con las columnas que sobresalían aun de la tierra, y que por los conocimientos que tenía Bartolomé, de sus recorridos por tierras de Europa, bien podría decir que fueran los huesos rotos de un teatro, de los que solían construir los romanos en las “civitas” que consideraban de importancia. Nada extraño cuando desde allí, se contemplaba las enormes murallas, de granito con multitud de torres cuadradas, y la impresionante altura de la Torre del homenaje del Castillo, que empequeñecían lo visto hasta ahora, a lo largo del camino.
Por fin hemos llegado a la Puerta de la Ciudad, un cuerpo de guardia, vigilan quien entra y sale, mientras los aguaciles del Rey, hacen las funciones de responsables del fielato,
.-¿ Quien va que te trae buen hombre?
¿Dónde vais con tan grande comitiva? Que venís a vender que declaréis al fielato, quien responde de estos hombres y mujeres que forman la comitiva.
Han tenido que presentarse uno por uno ante los guardias, que no han respirado al ver la belleza, Isabel, María y Laura, las dos primeras rubias y de ojos azules como las aguas el mar del norte, casi grises del reflejo de la nubes, la última de cabellos largos negros, con trenzas que caían sobres sus hombros, con unos ojos marrones y verdes como los campos de castilla donde había nacido. Los hombres Bernard y Louren, los dos de Lille, o de Lila, como nos habían rebautizados, hijos de Bartolomé, por ultimo tres niños y dos niñas cerraban el grupo.
El impresor les ha mostrado el salvo conducto, en nombre de los reyes Isabel y Fernando y firmado por D. Pedro VIII, Ximenez de Prexamo, Obispo de Coria. La reacción de todos los presentes, ha sido la misma que cuando hasta las plazas de la ciudad se acercaban los trovadores y sus odaliscas, excitación y sorpresa, de inmediato se han abierto las puertas y el Alférez se ha apresurado a dar la bienvenida y a acompañarlos hasta la próxima plaza de la catedral, donde ya el obispo y el cabildo prevenidos, los estaban esperando.
Hechas las salutaciones y dadas gracias al Señor Santísimo, por haberles permitido llegar a su destino, ha sido el momento, de comenzar la descarga e instalación de sus artilugios.
Se han arremolinado delante de la puerta de la casa del cabildo, en que se había asignado la ubicación de toda la familia, dado que según se entra en ella un zaguán esplendido permite la ubicación con seguridad de las troqueladoras y las planchas de cobre , y las prensas que con sus usillos y su tronillo sinfín permitían , imprimir. Una habitación a la derecha con buena luz natural y la presencia de pozo en la casa, le permitía a Bartolomé, el hacer las mezclas de los ácidos y elementos para atacar las planchas donde quedarían las estampaciones en negativo de lo que se grabaría una y otra vez, tantas como pieles se pudieran disponer de los textos, que le fueran encomendados.
Se estableció así mismo que Bartolomé y su gente tuviera libre circulación por el palacio episcopal y la iglesia, que recibiera 800 maravedíes, mensuales, y cuatro fanegas de trigo, así como una arroba de vino y media de pescado del río. También le fue concedida una cuartilla en la dehesa y el ejido, para mantenimiento de sus animales en tanto estuvieran al servicio del obispo, por último en la pascua y en noche buena recibirían media docena de capones y un cerdo para que fuera sacrificado en la fecha de “San Martinho”.
JMR Santa

