Conversaciones con Bingo El agua rosa de la laguna:

Conversaciones con Bingo El agua rosa de la laguna:

Conversaciones con Bingo El agua rosa de la laguna:

Esta mañana el cielo estaba enmarañado. Las nubes se apoyaban sobre la Sierra y sus reflejos, dorados, iluminaban el suelo seco de este verano que ya debería estar acabando. Al entrar en la dehesa, junto a esa preciosa laguna que llaman del vertedero —y que hace de espejo a los únicos chopos que aquí se atreven a desafiar al cielo, sobre todo en los días de tormenta— no pude resistirme a sacar otra vez la misma foto de siempre.

Las nubes, teñidas de rosa, se reflejaban en el agua tranquila como un espejo de plata, rodeadas del verde del valle que se extiende hasta Huélaga y Moraleja. Allí, en la superficie inmóvil, se miraba una pareja de gansos del Nilo, recién llegados a estas tierras de Europa y de Extremadura, donde parece que ya han decidido formar familia.

Ese fue el motivo de que llegara unos minutos tarde. Y ya sabes que yo suelo ser puntual, demasiado puntual quizá. No me gusta que nadie me espere, y salvo imprevistos siempre lo cumplo. Tampoco me gusta esperar: doy un tiempo razonable, pero nunca todo el tiempo.

Los mastines de Cristina estaban junto a tu casa, guardando el rebaño. Alguna cabra hacía “la cabra”: increíble verla ponerse de manos y ramonear las hojas más tiernas del alcornoque que, aun pelado, da sombra a tu puerta. Otra, que no alcancé a fotografiar, trepaba por un tronco inclinado y hueco. La mastina blanca, por primera vez, se acercó hasta mí y me dejó acariciar su cabeza de pelo suave.

Las vacas empiezan a parir —las mansas y supongo que también las bravas—. Los pequeños chotos apenas se sostienen y ya están mamando, algunos escondidos mientras las madres bajan a la laguna a beber. Ahora debemos tener especial cuidado, Bingo, porque corres por instinto tras las vacas sin darte cuenta de que una madre defenderá a su cría con una coz en un abrir y cerrar de ojos. Por eso, cuando nos alejamos del camino y vienen coches o motos —a los que tanto detestas—, prefiero soltarte: así no me pones en compromiso.

Ya sabes el dicho: “De la vaca mansa me salve Dios, que de la brava me salvo yo”.

Ayer pasé por la Feria Rayana. Qué difícil aparcar y disfrutar del recinto… qué sana envidia me dio Moraleja, con el paso adelante que dio para organizarla. Recuerdo que la primera vez que se celebró fuera de Portugal tuve la suerte de organizarla en Coria, con la ayuda de un equipo extraordinario: Inés, Sebas, Jesús y tantos otros. Coria, la bella dama, se vistió de largo: las calles se llenaron de artesanos, las Naves de Merco de stands, hubo deportes, toros y hasta fuegos artificiales. Pero pasó, y nunca volvió a organizarse igual.

Ya te decía ayer, Bingo, que en muchas cosas participé. Pero como en la antigua damnatio memoriae de faraones y emperadores romanos, alguien se encargó de borrar nombres y romper estatuas, como si no hubieran existido. Algún día, algún arqueólogo se preguntará: ¿quién?, ¿cómo?, ¿por qué?

Después vi un rato a Carlota, que sin serlo, me llama “abuelo Santa”. Mi cordobesita, con ese acento que me pirla, aunque todavía medio dormida de la siesta. Estoy seguro de que a su abuelo Jesús no le importa.

Hoy tú, Bingo, has disfrutado con las vacas y con los mastines. Ya no te ladran, te conocen y me conocen. De laguna en laguna, hemos visto más pájaros que nunca. Los partos atraen a los buitres, que no faltan.

En la laguna del Majadal estaban también los pescadores de tencas. Ayer tuvieron suerte, hoy no tanto. Nos hemos sentado sobre las piedras del viejo lagar y, mirando la laguna, recordé cuando leía a Coelho, con sus libros de fácil lectura. Uno de ellos me vino a la memoria: A orillas del río Piedra me senté y lloré. Yo hoy lloraría por los ausentes: por los niños de todos los conflictos, especialmente de aquellos de los que nadie habla porque sus países africanos han sido sacrificados por intereses mezquinos.

También lloraría por los ucranianos, por los gazatíes… y por esta dehesa que se muere poco a poco, mientras nadie hace nada por ayudarla a regenerarse.

En fin, Bingo, esperemos que otro día venga también tu amigo Manolo. Aunque diga que no te quiere, sé que te guarda unos huesos.

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Author: Redacción