Conversaciones con Bingo El hilo invisible
Esta mañana llegué solo a buscarte, para que tú me dieras el paseo. Cuando me despierto y me preparo el café —imprescindible para ser yo— siempre recuerdo lo que le decía a Marisol: una casa que no huele a café puede ser casa, pero no es un hogar.
Pero vayamos a lo nuestro, Bingo, que como decía mi padre: “te pierdes más que la 10/11”. Eso los mecánicos lo entenderán bien. Pues eso, leo un rato el libro que me espera encima de la mesa y repaso también los escritos de los amigos en las redes.
Hoy encontré un texto, acompañado de bellísimas fotos de Extremadura, que había compartido el profesor y amigo Francisco García Fitz. Es curioso cómo se cruzó en mi vida en este último tercio y cuánto significa para mí. Tú lo conoces, Bingo, porque has tenido la suerte de que te acariciara el morro. Cuanto más importante es una persona, más sencilla suele ser; y ese privilegio solo lo tienen los verdaderamente inteligentes y especiales.
Él decía esta mañana que algunos pensarán que Extremadura está devastada. Nada más lejos de la realidad. Sí, se han quemado diecisiete o veinte mil hectáreas, pero eso es apenas una gota en una región de treinta y dos mil kilómetros cuadrados. Y aun en los lugares donde pasó el fuego, las piedras no se queman, ni las gargantas que corren desde las cumbres.
Tampoco se han perdido sus iglesias, sus tradiciones, su cultura ni su cocina. Por eso, aunque parezca ir contra nuestros propios intereses, recomiendo visitar Jarilla, cuna del agua que alimentó a Cáparra y sus termas; o Hervás, donde la judería y otros rincones bellísimos invitan al descanso. También en Baños de Montemayor siguen vivos los cestos tejidos a mano con castaño y mimbre, que tampoco se quemaron.
Ahora es tiempo de que la solidaridad de todos se demuestre. Y en unos días te hablaré de la Sierra de la Estrella y de Gardunha, que también merecen apoyo y cariño.
Hoy, mientras tanto, la Sierra de Gata se deja ver. El azul del cielo se mezcla con los verdes y grises azulados de sus montes y con los pueblos blancos que jalonan las estribaciones. Como cremalleras que abren y cierran la montaña, aparecen los cortafuegos, tan útiles frente a los incendiarios asesinos.
Después de que ayer, como Houdini, te escaparas de la correa, hoy he decidido soltar ese hilo fino que nos une en los paseos. Tú lo has notado enseguida y has cruzado nadando de un lado a otro la laguna Tamujoso. Te he perdido de vista, pero no te he llamado ni gritado. Te he dejado hacer.
Cuando me ha parecido, he reemprendido despacio el camino, siguiendo las sendas que abren las vacas y las cabras de Cristina. Al llegar al árbol cuya rama caída me sirve de asiento para escribir nuestras charlas, has aparecido. Me has hecho carantoñas y te has tumbado, esperando quizá que te riñera. Pero yo te he acariciado, te he dado una golosina y he comprendido que el vínculo que nos une no es físico. Es mucho más fuerte que un cordel: es invisible, pero maravilloso.
Entonces te he dicho: muchas veces no necesitamos hablar para saber cómo está alguien. Y creo, Bingo, que nuestra pastora anda triste. Ya encontraremos la manera de hacerla sonreír.
La vuelta ha sido lenta, más de lo habitual. Hay días en que la cabeza duele y parece que la verticalidad se tambalea. Pero aquí estamos, para escuchar y también para ser escuchados; para gritar al viento que esta tierra sigue siendo verde, que aún tiene ríos, lagos, embalses y lagunas en cuyas orillas huele a poleo, menta, jara y lavanda. Extremadura merece siempre la pena y, pese a los ineptos, lo seguirá mereciendo.
Nosotros somos poca cosa, pero somos agradecidos a los verdaderos héroes: extremeños, españoles, italianos, checos… hombres y mujeres bomberos que dieron una lección de solidaridad. Ellos, a diferencia de los políticos, trabajaron y se jugaron la vida sin perder el tiempo en discusiones de “y tú más”.
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Author: Redacción
