Conversaciones con Bingo Los alcornoques lloran lágrimas de sangre

Conversaciones con Bingo Los alcornoques lloran lágrimas de sangre

Bingo, hoy no tengo ganas de paseo. Me sentaré en un peldaño de la escalera por la que se accede a la casa.
Frente a mí, los chozos de las flores de la dehesa se disimulan y camuflan de tal manera que cuesta diferenciarlos en el paisaje. Sus techos, cubiertos de escobas, y sus paredes de pizarra —donde el musgo, orientado al norte, está seco— parecen una sombra pintada por algún impresionista.
Al otro lado, siguiendo la dirección de los musgos, a esta hora del amanecer se ven muchas manchas blancas en la ladera de nuestra Sierra de Gata. Son pueblos cuyos nombres me costaría decir sin temor a equivocarme.
Ya van quedando pocos alcornoques con el abrigo puesto. A los que aún lo tienen, parecería que alguien se lo dejó de forma caprichosa, como si los hombres que se dedicaron a la saca hubieran querido hacer arte con sus hachas.
Deben de ser cuadrillas de San Vicente de Alcántara, ese pueblo extremeño donde se vive en torno al corcho y donde, desde jóvenes, se aprende la técnica de quitárselo a los árboles.
Aun así, cuando con sus afiladas hachas profundizan en la corteza gris hasta llegar a la siena tostada —o casi roja— que es el color del nuevo abrigo, también puede, como en todo, irse la mano. Entonces el alcornoque emite su quejido, en una frecuencia que los humanos no oímos, pero que los animales de la dehesa y los otros árboles sí.
De su corteza brotan lágrimas que corren buscando el suelo, intentando —como si fueran glóbulos blancos— cerrar la herida. Pero son lágrimas rojas.
Muchas veces escucho un bolero cubano que se titula Lágrimas negras, y me encanta. Puede que sea por ser como soy… Pero, Bingo, ya lo tengo difícil para cambiar.
Ayer, en la ceremonia civil de Carlos, un amigo dijo unas palabras muy bonitas sobre su paso por la vida. Otro entonó unas Músicas de Abril, y a mí se me pusieron los pelos como escarpias.
Me encontré con muchos amigos de mi vida en tierra lusitana, y pasmado me quedé cuando algunos me dijeron que te conocían y que seguían nuestras conversaciones.
A veces, la vida te da sorpresas. A veces, te das cuenta de la belleza de las tradiciones de otros pueblos, tan próximos y tan lejanos a la vez.
¡Ay, Portugal, por qué te quiero tanto!

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Author: Redacción