Conversación con Bingo La dehesa calla:

Conversación con Bingo La dehesa calla:

Conversación con Bingo La dehesa calla

Se adentra septiembre y corre buscando el otoño. Los cuerpos, Bingo, notan la disminución de las horas de sol: quizá porque el calcio se fija peor en los huesos ya duros, quizá porque nuestros ojos cansados necesitan más esfuerzo para ver. Todo parece ir poniéndose triste.

Todo menos las bellotas de los quercus, que crecen cada día con fuerza renovada.

En la dehesa se respira paz, aunque los pájaros, revueltos, intentan ocupar su espacio y cantan para marcar territorio. Los toros, un día más, braman con fuerza y su sonido retumba entre los árboles y los dientes de perro estructura geológica  que dibujan las pizarras.

Las lagunas siguen bajando. Los peces, esas pequeñas gambusias de las que te hablé, aparecen muertos tras los ataques sufridos. El mundo animal, al fin y al cabo, no es muy distinto del humano: mientras unos mueren, otros celebran cumbres rodeados de viandas y se reparten el mundo.

Esos perdieron su ideología y solo se mueven por el vil metal. Y Cris nos recuerda: “poderoso caballero es don dinero”.

Cuántas veces leí ese poema después de escucharlo convertido en canción en el Olimpia de París, casi en la clandestinidad.

Pero sabes, Bingo, algunos y algunas se dicen de izquierdas cuando en realidad tienen el bolsillo de derechas. No es reflexión nuestra, sino de nuestro amigo Manolo Rivas, que lleva un par de días sin venir a verte.

Hoy nos acompañó Robleda, otro buen amigo, de conversación agradecida y llena de recuerdos.

Sabes, Bingo, los hombres solemos tener la ventaja de que la memoria guarda los buenos momentos y relega los malos a un rincón oscuro.

Es fácil destruir lo construido. Y es demasiado fácil, cuando alguien tiene una idea original que funciona, que otros quieran subirse al carro y atribuirse el mérito.

Eso, desgraciadamente, también ocurre en este paraíso que es la dehesa. Y ya lo sabes, Bingo: en la vida y en la política no todo vale.

Estoy triste, y puede que sea cierto: no me gusta lo que me rodea. Incluso parte de la dehesa parece querer convertirla el ayuntamiento en un campo de placas solares. El beneficio servirá para tapar agujeros, pero durante veinte o veinticinco años serán cientos de hectáreas de negro reflectante, que acabarán con aves deslumbradas y muertas. Y quizá el reflejo del sol, que ya no absorberá la tierra, vuelva al espacio y recaliente aún más la atmósfera.

Luego lloverá menos… pero no pasará nada: los ecologistas de despacho y los que se hacen fotos repartiendo comida en incendios estarán satisfechos.

Perdónalos, naturaleza, no saben lo que hacen. Y tú, cuando te canses de tantas tonterías y de tantos intereses, aunque paguemos los inocentes, por favor toma tu venganza y vuelve a poner las cosas en su sitio.

Hoy el paseo fue más largo que de costumbre, acompañados de Nerón y SP, aunque nos internamos en territorio de mastines y ellos no estaban.

Al regresar vimos a Pirata, que acompañaba a Cristina hacia casa. Le pregunté:

—Pirata, ¿tiene solución la dehesa?

Un silencio triste fue su respuesta.

El día que muera la dehesa, nosotros, todos, moriremos con ella.

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Author: Redacción