Conversaciones con Bingo La camisa de la culebra
No es fácil tener cada día ganas de pasear, ni siquiera de conversar contigo, Bingo. Sé que me oyes, que me escuchas, pero como siempre acabas haciendo caso solo de lo que te parece bien.
Hoy volvemos a caminar solos, tú y yo. El frío ya se nota, y cuando uno sale sin una manga mínima que lo proteja, solo andando y buscando el sol acaba entrando en calor.
Recuerdo entonces las palabras de Antonio Machado: “Caminante, son tus huellas el camino…”. Nosotros difícilmente haríamos camino, porque nuestras huellas se borran enseguida entre el polvo y las pisadas de las vacas y cabras. Hoy, sin embargo, nos hemos adelantado a ellas, aunque tampoco tenemos prisa.
Al poco aparece Nerón, que se arrima buscando caricias y, si suena la flauta, un puñado de pienso… de tu pienso. También se nos une SP, y los cuatro en fila tomamos rumbo a la laguna.
De pronto, en un arranque de descordura, os habéis lanzado a correr. Después, un baño rápido y, como si el aire os llevara, habéis desaparecido de mi vista. Solo escuchaba vuestros ladridos a lo lejos. Confiado en que todo estaba bajo control, seguí hasta el árbol cuya rama me sirve de asiento. Allí, como cada día, me puse a mirar la Sierra, los chozos y los árboles que forman el paisaje. Las nubes, impulsadas por un viento fuerte, cruzaban veloces y me tenían hipnotizado.
Esperé tranquilo, seguro de que volverías a buscarme. Cuando ya pensaba en darme por vencido, sentí un tropel que hacía vibrar la tierra. Entonces apareciste, como sabiendo que yo estaba a punto de marcharme. Me acariciaste con tu hocico y te tumbaste a mis pies, agotada de la carrera.
Seguimos caminando, y al poco rato te detuviste: habías encontrado “la camisa” de una gran culebra, quizá un bastardo o una escalera. Esa piel abandonada le permitirá crecer con fuerza renovada. Y pensé que también los hombres necesitamos, a veces, soltar la piel vieja y muerta para poder crecer. No en altura, sino en lo esencial. Algunos se niegan por comodidad; otros porque no quieren dejar de ser niños.
Me vino a la memoria mi abuelo José María, en las tierras de Valderritos. Él recogía esas pieles de culebra y decía que, puestas al cuello, curaban la garganta y la afonía. Yo no lo sé, pero era un hombre bueno e inteligente, y alguna razón tendría.
Contigo, Bingo, sé que no se me acercará ninguna serpiente. Porque cuando yo era niño y en el cine salía alguna —una cobra, una boa, o incluso la del Principito, abierta o cerrada—, instintivamente levantaba los pies de golpe y los subía al asiento.
Iba mucho al cine. Uno estaba justo frente a la casa de mis padres. Mi padre, junto a su gran amigo Luis Felipe Karpintero, se encargaba de la proyección. A veces tenía la suerte de subir a la cabina y jugar con los carbones que, unidos a la alta tensión, producían un arco eléctrico tan brillante como el sol. Esa luz proyectaba las películas a lo lejos, sobre la gran pantalla. Los restos de carbones, no más grandes que un lápiz, me servían para pintar o escribir.
Eran otros tiempos. No conocíamos la televisión, ni ordenadores, y menos aún teléfonos móviles. Cuando dicen que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, me entran dudas. Depende para qué.
En las noches de verano, sin aire acondicionado ni apenas ventiladores, los vecinos sacaban las sillas de madera y anjeo, hechas por “los Silleros”, y se sentaban en la calle. Don Leopoldo, párroco de San Ignacio, tenía un tocadiscos con un amplificador de válvulas conectado a unas trompetas en el campanario. Entre unos y otros juntaban unas monedas y mandaban a algún chaval a pedirle que pusiera un pasodoble, a Farina, o incluso a Manolo Escobar. ¡Qué camaradería y qué amistad! Las puertas siempre abiertas, y los muchachos lo éramos de todos los vecinos, sin rechistar.
Llegamos hoy a los pilones vacíos. Me miras raro, Bingo. No, no me he vuelto loco todavía, aunque este paseo me ha despertado bellos recuerdos. Pienso en mis padres. Y aunque ya soy mayor, los echo tanto de menos…
En esas estábamos cuando, de pronto, los pájaros —que hoy eran muchos— enmudecieron. Un estruendo en el aire, y una escuadrilla de ocho gansos del Nilo, enormes, pasó rozándonos. Venían tan bajos que casi nos chocan, y siguieron volando hacia la laguna.
Nosotros, poco después, tomamos de nuevo el camino de casa.
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Author: Redacción
